miércoles, 18 de agosto de 2010

Perspectiva ~

Estabas perdido, confundido y ahogado, cegado por una niebla que trastornaba tu visión. Todo carecía de sentido y no podías encontrar una dirección en que avanzar. Te costaba un enorme esfuerzo encontrar un atisbo de luz que te permitiera ver las cosas con cierta claridad para comprender algo o al menos confiar en el siguiente paso a dar por el camino de la vida. De repente todo parecía encajar, o casi todo porque cada vez faltaba alguna pieza por aquí o por allá, pero eventualmente el castillo de naipes se derrumbaba y volvías a ver todo a través de aquella niebla. A pesar de los breves y fugaces momentos de lucidez y claridad, sabías en el fondo que algo andaba mal, que algo no encajaba. No encontrabas la perspectiva correcta con la que encarar la vida, como si tuvieras delante una pieza amorfa sin comprender en que posición debe ir para funcionar o al menos tener cierto sentido. Un lado por aquí y otro por allá podían parecer coherentes pero no había manera de ver toda la figura. En el fondo sabías, sabías que había algo que estaba mal en tu punto de vista.
Y siempre algo en la estructura de tu vida se caía. Mientras reconstruías una columna caída se derrumbaba otra, dejando caer vigas, techos, pisos enteros y la edificación que era tu existencia parecía venirse abajo, o al menos descolocarse de una manera radical. Todo lo que habías construído colapsaba. Pero entonces te diste cuenta que lo principal seguía ahí. Descubriste que el daño no era tan grave, que no era tanto lo que se había derrumbado. Lo que considerabas la piedra fundamental era solo una columna más, lo que dabas por sentado tenía más valor del que le dabas, lo que te daba miedo resultó agradable, y de repente sin explicación algo cambió.
Cansado de reparar derrumbes y arreglar las grietas en la edificación de tu vida, por alguna razón te sentaste a contemplar. Sin crítica, sin análisis profundo. Aturdido por el shock y sin intentarlo encontraste un nuevo punto de vista. La nueva perspectiva, tan sencilla, tan ligera, tan simple que parecía demasiado fácil, te dominó sin que la busques. Seguiste así por inercia y te diste cuenta que las cosas tomaban otro color.
Y el mundo siguió girando y la vida siguió su marcha, y llegaron los golpes, los desafíos, los proyectos y las oportunidades, y cada paso y cada puerta y ventana en el camino seguía ahí, apareciendo en su momento, estáticas o dinámicas, cada pieza seguía cumpliendo su función con fluidez. Y empezaste a ver más, a comprender la figura amorfa delante tuyo, el desafío de entender el mecanismo de tu vida y avanzar por el camino. Y encontraste una dirección, y encontraste un sentido, sin saber muy bien cuáles son o por qué, pero todo cobró una claridad inexplicable.
Sin razón y sutilmente el desorden y la confusión fueron acomodándose en una imagen coherente, comprensible; algo sencillo y transitable, de una fluidez agradable. Y los desafíos tomaron un color apasionante, y tus energías cobraron una potencia nueva y arrasadora, y el futuro empezó a resultar apasionante pero el presente se convirtió en algo agradable, delicioso y lleno de vida. Empezaste a observar sin esfuerzo y captar todo, y descubriste que habías encontrado la perspectiva que tanto te habías esforzado en buscar… o mejor dicho… esa perspectiva te encontró.

Day That I Die

No creo que otra persona entienda el deseo de morir tan acabadamente como lo entiendo yo o como lo entienden los suicidas. No sé si hay alguna sensación peor: sentirse mal por estar tan sano, querer morir, desaparecer fulminantemente. Y luego ver a tus viejos haciendo la cena y a tus hermanos jugando inocentemente al play station; todo mientras vos silenciosamente planeas tu muerte, exquisita, necesaria, inminente, inexorable.
Y llorar hasta el desmayo o el interminable dolor de cabeza que parece encarnársele a uno en lo más profundo de los sesos. Tener tanto odio por uno mismo, tanto que hasta nos parecen irreales e inentendibles todos aquellos años de convivencia con nuestras mentes perturbadas, tantos años de soportarse a uno mismo. Y luego llegan los reproches: ¿por qué no me di cuenta antes de que me odio? ¿Por qué no me eliminé tiempo atrás?
Lo pensás varias veces, intentas encontrar algo por qué vivir, por qué quedarse: las razones son tan frágiles como la convertibilidad y sos menos convincente que Fidel Castro izando la bandera de los Estados Unidos. Querés morirte y tenés millones de razones por las cuales hacerlo. Y sin embargo, todavía rogas por una sola razón para quedarte. Una razón te salvaría, solo una sería suficiente. Y no la encontras, no porque no sepas buscar, sino porque simplemente no hay. No existe la razón por la cual debieras quedarte en este mundo.

Abzurdah ;